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Prisionero de Uróboros

por Germán Amatto

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Un pequeño círculo rojo apareció en la frente del contador Lotterstein. Desde ahí se expandió la muerte; una onda que le aflojó los rasgos, le venció los hombros, le torció las piernas y finalmente lo desplomó, sin gracia ni dignidad, sobre la alfombra.

El doctor Kaplansky se arrodilló junto al cuerpo fofo. Lo examinó pensativo, y luego al caño del revólver en su propia mano enguantada. Aquel orificio de acero había sentenciado al contador de manera inexorable, igual que el agujero en la carne muerta salvaba al doctor de la mácula de un juicio por malversación de fondos.

Apreció satisfecho la simetría, uno de los atributos de la perfección.

Una pulsación ronca llenaba el despacho. Kaplansky se irguió de repente, y miró al gramófono como quien reconoce a un ofensor. El disco giraba silencioso en la bandeja, la púa llegaba al final del surco una y otra vez y topaba con la etiqueta, reiterando un latido áspero, regular.

Por culpa de ese aparato, casi había fracasado. Encañonando a Lotterstein, se descubrió de pronto incapaz de disparar. Fue por ese tango ¿cómo era que se llamaba? Lo había paralizado, no estaba en sus planes que el contador escuchara tangos en el momento de morir. Era un imprevisto, y Kaplansky no toleraba los imprevistos. Después de tanta meticulosa preparación, de tantas previsiones. Habría seguido inmóvil, estancado, si con el último son del bandoneón no le hubiera vuelto la voluntad, contrayendo su índice sobre el gatillo.

Apretó los párpados y se masajeó las sienes. El incidente no tenía importancia. El mal trago quedaba atrás, las cosas volvían a girar sobre sus engranajes. Ninguna importancia. Ninguna.

Miró su reloj. Diez y media.

Apagó la luz, para que su silueta no se recortara contra el vidrio esmerilado de la puerta. Giró el picaporte y, con infinita cautela, abrió una minúscula rendija. El pasillo estaba desierto, como correspondía a un edificio de oficinas un sábado a la noche.

Engranajes: nadie lo vio reunirse con el contador, nadie oyó el disparo. A todos los efectos, él nunca había estado en el estudio de Lotterstein, ni el revólver había sido usado. No saldría mejor ni aunque lo ensayaran mil veces.

Quizás, pensó Kaplansky, él era apenas un instrumento. Quizá ya estaba escrito que Lotterstein fuera la víctima, y él, su asesino.

La predestinación era otra cualidad de lo perfecto.

Pero esa perfección no era casual, no señor. Él había urdido pacientemente su trama de mentiras y coartadas, de manera que nunca, nadie, lo relacionara con la desaparición de Lotterstein. El plan era infalible; eliminaba toda posibilidad de que lo descubrieran. Sólo podían señalarlo su conciencia y el revolver que aún apretaba. Y el cadáver, claro.

Lo cual derivaba en el siguiente paso:

Cerró la puerta y volvió a dar la luz. Guardó el revólver en el bolsillo de su impermeable. Fue hasta donde había dejado su maletín profesional y un paquete alargado. Desenvolvió el rollo de hule; de la valija sacó su guardapolvo y la pequeña sierra quirúrgica.

El gramófono repetía inalterable su pulso mecánico.

Kaplansky desenrolló el hule en el suelo. Arrastró el cuerpo -apenas tibio, en invierno se enfrían tan rápido- y lo tendió encima. Primero los torniquetes, para contener el sangrado. Debía ser metódico: eso se lo había enseñado el reloj, cuando era un mocoso.

Cuando era chico, le había robado el despertador a sus padres. Nunca pudo recordar por qué. Su papá era severo; lo castigaría duramente. Pero igual se lo llevó. Lo puso sobre una silla en su dormitorio, le quitó la tapa posterior y contempló con largueza el movimiento de los engranajes, tic tac, el vaivén de los resortes. Luego empezó a desarmarlo.

Seccionó los músculos justo sobre el nivel de las coyunturas.

Tal vez sólo quería saber cómo funcionaba, qué movía al mecanismo. Lo desmontó con cuidado, cuidado y método, memorizando la articulación de cada pieza con respecto a las demás.

Aisló los nervios, seccionándolos limpiamente con un bisturí bien filoso, y luego separó las coyunturas, hasta que no fue más que un pilón de acero inerte y sin sentido. Ya no más un reloj. Sólo unos pocos engranajes con los principales vasos sanguíneos bien ligados.

Tardó hora y media. En circunstancias normales hubiera demorado veinte minutos, pero debía vigilar la limpieza. No dejar ni una marca. Eran las doce y cuarto cuando salió al pasillo, acarreando un gran baúl con rueditas. El pesado baúl de viaje que Kaplansky le había regalado a Lotterstein el viernes pasado. Por su cumpleaños.

“De nada, contador,” el habia dicho a Lotterstein. “Espero que le guste; lo elegí para usted.

“A propósito, hay un asunto del que debiéramos hablar. Sobre las irregularidades en los libros contables. Sí, contador. Comprendo, contador. Pero usted es inteligente: la Fundación depende de la buena disposición de ciertas personas; si esto trasciende, podrían retirarle el apoyo. Una pena, sobre todo pudiendo arreglar. No, no, no me malinterprete. Sólo quisiera salvar mi reputación. Presentando mi renuncia incondicional, y que todo se mantenga en silencio.

“Soy el tesorero desde hace más de quince años; usted sabe que la comisión va a estar ansiosa por sumergir el asunto. Por supuesto, yo estaría muy agradecido por su mediación, y sabría reconocérselo. Quién le dice, a lo mejor termina usando ese baúl de viaje antes de lo que cree. Hagamos una cosa: usted retenga hasta el lunes su informe para la Comisión; podemos encontrarnos este sábado, qué le parece, y llegar a un acuerdo. Muy bien, contador. En su oficina. Quedó claro, contador. Ah, y feliz cumpleaños, contador. Que cumpla muchos más.”

El ascensor paró en la planta baja. Kaplansky escudriñó por la mirilla. Nadie en el recibidor. A esas horas, el vigilante se metía a emborracharse en el sótano. Se deslizó con el baúl hasta la salida, empujó la puerta y salió al invierno. Por Viamonte, hacia el bajo.

Engranajes. Nadie lo vio entrar al edificio, nadie lo vio salir. Ergo, en ningún momento del fin de semana él había estado en la Fundación.

Ya todo estaba consumado. El próximo Lunes, Lotterstein no se presentaría al trabajo. Nunca denunciaría a Kaplansky ante la comisión, ni expondría las libertades poco ortodoxas que se tomaba con la Caja. Y él procuraría no repetir sus errores, para que esta molesta situación — ya le dolían los dedos, aferró la manija con la otra mano — no volviera a plantearse.

Éste era un nuevo punto de partida. Un corte con el pasado, que él había unido y suturado sin dejar cicatriz, igual que al despertador.

Al ver las piezas dispersas sobre la silla, se supo perdido: el castigo era ineludible. Su padre no iba a entender. Por más que él le explicara, sólo vería un reloj roto; un mecanismo caro, estropeado. Y entonces vendría la larga y dolorosa paliza. Unas lágrimas le ardieron, estiraron los engranajes, los emborronaron.

Frío en la nuca y entre los pulmones. No. NO. Él no iba a dejarse arrastrar. El castigo era ineludible, pero podía atenuarlo. Si volvía a armar el reloj.

Con paciencia ensambló cada rueda, puso cada resorte en su lugar. Por primera vez sintió que un instinto extraño le guiaba, por primera vez utilizaba su don. No demoró, como mucho, más de veinte minutos. Volvió a poner la tapa, le dio cuerda. Tic tac, el mecanismo latió. Las agujas se movieron. El reloj funcionaba. Tic tac. Lo devolvió a su lugar en la mesita de luz, luego corrió a su pieza y lloró: tenía la certeza de que su padre descubriría alguna señal de la profanación, alguna muesca sutil, un ínfimo rayón. Entonces llegaría el castigo.

Cruzó jadeando la Avenida Madero y se internó entre los depósitos ruinosos. Un viento crudo cuarteaba las calles desiertas. Observó los adoquines húmedos, los baldíos difusos: el paisaje permanecía inalterado; ninguna marca acusaba el acto irreversible que había cometido.

Él estaba al resguardo en su círculo protector, infalible y sin fisuras. Las piedras no aullarían su culpa, los baldíos no se agrietarían a su paso, jamás lo castigarían por lo del despertador.

Porque el hecho es que esa noche su padre entró al dormitorio, dio cuerda al reloj y lo dejó sobre la mesa. Y no lo descubrió. No hubo golpes, ni gritos.

Al principio, Kaplansky se negó a creerlo; para él era un artículo de fe que nada, ni siquiera una minucia, escapaba al escrutinio de su padre. Sólo ante la reiteración de la impunidad se convenció de que lo había engañado. Engañado por completo. Que no habría reprimendas. Y que todo seguiría, tic tac, igual.

No. Igual no. Él había cambiado. Había comprendido.

El doctor apuró la marcha. Dejó atrás los depósitos ciegos, el puente vetusto de las dársenas. Entró a la vasta desolación de la costanera. Arrimó el baúl a la balaustrada y se asomó al río, un espejo negro bajo el cual se agitaban reminiscencias vagas, inaprensibles.

Descorrió los cerrojos; levantó la tapa. Sacó la primera pieza, un amasijo de vendas manchadas. El sangrado era mínimo, una excelente cirugía. Quedaba un residuo, que serviría para atraer a los peces. Lo revoleó con fuerza por encima de la balaustrada.

Un chapoteo, plaf. En el río se expandieron unos círculos concéntricos. Kaplansky observó al envoltorio perderse en lo profundo, luego se inclinó sobre el baúl y sacó el siguiente.

No, no pasaría nada. Plaf. Eso fue lo que le enseñó el despertador, lo que él comprendió aquella noche. Plaf. Que desarmando las piezas metódicamente, uno llegaba a conocer la naturaleza de cualquier mecanismo. Plaf.

Que ensamblando las piezas metódicamente, se podía forzar a cualquier mecanismo a funcionar como uno quisiera. Plaf. La diferencia entre ser el relojero, o sólo un prisionero de los engranajes. Plaf. Plaf. Plaf.

Y eso hizo: practicar una precisa incisión sobre las circunstancias, manipular personas y situaciones como a delicados instrumentos quirúrgicos, injertar sobre la realidad un tejido de mentiras indiscernibles, sus coartadas perfectas.

El baúl quedó vacío. Kaplansky lo puso sobre el pretil y empujó. Más círculos cubrieron el río, cada uno abriéndose en el anterior, reiterándose: círculo de agua, la esfera del reloj, agujero en la carne, orificio del caño de un revólver. Ah, casi se olvidaba.

Hundió la mano en el bolsillo del impermeable; acarició las pesadas y frías aristas. Engranajes: sin huellas; el número de serie, limado; comprado a un revendedor clandestino. Irrastreable. Él nunca había tenido un revólver, jamás lo había disparado.

Alargó el brazo sobre la balaustrada. Separó los dedos. Plaf. Las líneas de metal refulgieron, se enturbiaron, desaparecieron.

Era la una y media de la madrugada. El secreto de la muerte de Lotterstein quedaba sellado.

El doctor Kaplansky contempló su obra, y vio que era buena. Le dio la espalda al río. Silbando bajo, las manos en los bolsillos, empezó a alejarse.

Fin.

Las manos en los bolsillos.

Kaplansky se detuvo. Sacó las manos del impermeable. Se veían blancas bajo la luna. El relieve de las venas le cubría el dorso de finas grietas oscuras. El pulso, firme. Blancas y firmes manos de cirujano. Blancas, firmes, y vacías. Algo les faltaba.

El maletín. Su maletín de doctor. Con sus instrumentos y su credencial. Su maletín aún seguía en la oficina de Lotterstein.

Un vahído le estrujó el estómago. Primero el tango, y ahora esto. Imprevistos. Engranajes rotos. La visión de un reloj quebrándose por el pánico, reventando en una maraña de metales.

Calma. Se apoyó en un árbol y aspiró el frío, tratando de contener el martilleo en el pecho, los aguijonazos en las mejillas, el temblor irrefrenable. No pasa nada. Son las dos menos diez; tengo tiempo. Nada de nada. El plan es infalible. Tengo tiempo de volver. Infalible, perfecto. Volver a buscar el maletín.

Obligó a moverse a sus piernas entumecidas. ¿Cómo pudo equivocarse? ¿Cómo pudo fallar su diseño perfecto? La consternación le bloqueaba cada pensamiento; apenas reparó en que desandaba el camino, hasta que llegó al puente y miró abajo.

Un Kaplansky simétrico y fluctuante lo observaba desde el agua. Lo peor era su expresión: la del relojero que descubre la muesca sutil, el ínfimo rayón. La profanación revelada.

Kaplansky apretó los dientes y tragó el miedo. Adentro. Abajo y adentro. Lo relegó a los pliegues recónditos de su conciencia, plaf, igual que a Lotterstein. El peso muerto a lo más hondo. Bajo círculos y círculos de agua. Plaf. No es miedo lo que arde sino el viento, la piel aterida por el frío.

No volvió a mirar a las aguas oleosas, al Otro implacable. Se internó en el laberinto de depósitos, calculando con rabia la manera de restaurar el mecanismo. Engranajes: el vigilante aún debía estar en el sótano, borracho; su reemplazo no llegaría sino hasta las tres de la mañana. Era cuestión de entrar callado, agarrar el maletín y desaparecer. Las piezas volverían solas a su lugar.

Empezó a subir Viamonte, boqueando por aire, atravesado por feroces puntadas. Y el corazón, con sus pulsaciones brutales, recordaba al latido interminable del gramófono, la púa rayando el disco. Vamos que falta poco. Rayando el disco. Apenas un par de cuadras.

Llegó resoplando. Se apostó en la vereda de enfrente, bajo un toldo, esperando a que las puntadas mermaran, a que se acompasaran los latidos; luego oteó al interior del edificio. No distinguió ningún movimiento. Pero...

Pero desde ahí no se divisaba la mesa del vigilante. Tenía que entrar. No quedaba otra. Sería demasiada casualidad que el infeliz eligiera justo esa noche para volverse abstemio; demasiada casualidad, que decidiera quedarse en el puesto de trabajo, estropeando la tramoya de Kaplansky, arruinando su reputación y su carrera y toda su vida. Demasiada casualidad, demasiada demasiada casualidad.

Basta. Tranquilo. El plan era infalible; la coartada, perfecta. El único que podría arruinarlo era él, si en algún momento dejara de razonar.

Cruzó la calle con naturalidad e inocencia, como había hecho ya mil veces, y como lo volvería a hacer. Abrió el portón acristalado y pasó al recibidor. Echó una mirada indiferente a la mesa de entradas. Nadie.

Esta vez no usaría el ascensor, que era ruidoso. Enfiló a las escaleras. Casi eufórico subió los escalones de a dos, imaginándose en el filo de una inmensa rueda dentada.

Éste era el último tramo, y el lunes:

¿Desapareció? ¿Lotterstein desapareció? Qué extraño; pero si incluso tenía prevista una reunión con la Comisión Directiva. No, no me hizo ningún comentario; desde el viernes que no lo veo. Pregunten; cualquiera les va a decir: en ningún momento del fin de semana me encontré con el contador, nunca estuve en su despacho, jamás le disparé con revólver alguno. No tengo idea de dónde pudo haber ido; no hay motivo para que busquen en el río esos paquetes de vendas a la deriva, que tanto atraen a los peces.

Infalible, perfecto. Tic, tac.

Salió al pasillo del cuarto piso. Giró a la izquierda, hacia el despacho; ya podía ver la puerta, la luz iluminando el cristal esmerilado. La luz.

Él había apagado esa luz al salir.

La sangre abandonó a Kaplansky; un miedo brillante le empapó la cara. Repasó frenético sus movimientos de aquella noche. Cada gesto, cada acción durante la tarea se había ajustado meticulosamente al plan, extirpando todo imprevisto.

Él había apagado esa luz al salir. Ahora estaba encendida. Un engranaje podrido, una falla en la sutura. El doctor aún vacilaba cuando oyó los pasos. Venían del despacho. Pasos cargados, pasos conocidos. Luego apareció la sombra, la gruesa forma oscura que eclipsó el vidrio lechoso.

Kaplansky se echó atrás, tropezando. Una figura menuda empezó a chillar en su cabeza; un niño, agitando un despertador, gritaba que esa luz era imposible, que esa sombra no podía existir, que los mecanismos perfectos, tic tac, jamás se estropeaban. Pero la sombra en el vidrio permaneció. La imposible, inexistente, tangible silueta del contador Lotterstein.

Luz. Sombra. La espalda de Kaplansky golpeó un plano duro, una pared. Un terror helado le inundó la mente, se abatió en oleadas inmensas, plaf, que arrebataron al chico y lo arrastraron en remolinos sin fondo. El chico manoteaba, pero no podía nadar; lo hundía algo pesado, un lastre en el bolsillo del impermeable.

Kaplansky metió la mano. Palpó con torpeza entre los pliegues de tela, sin encontrar nada. Hasta que sus yemas rozaron unos ángulos de acero. Retiró una mano incrédula: los dedos blancuzcos empuñaban el revólver.

Era el mismo. Tuvo la absoluta certeza, a pesar de que el arma estaba seca y todas las balas esperaban en el tambor. Revisó el percutor, y luego el orificio del caño. Ninguna señal del disparo. Como si aún estuviera por usarse.

Círculo de agua, agujero en la carne, esfera de reloj. Miró la hora. Diez y veinticinco. En el silencio casi oyó el tic tac, inapelable. Por segunda vez en su vida, Kaplansky comprendió.

Tic tac: el mecanismo no se había estropeado.

Tic tac: cada pieza seguía en su lugar, cada resorte, cada rueda dentada continuaba su giro.

Él había injertado en la realidad su trama sublime. Y la realidad, como un paciente sumiso, se doblegaba. Él no estuvo en la fundación ese fin de semana. Él no se encontró con Lotterstein. Él nunca disparó ese revólver.

Predestinación. Simetría. Esa noche era infinita, el borde de un disco que recorrería siempre, partiendo y llegando al mismo punto. La perpetuidad era otro rasgo de la perfección.

El engranaje Kaplansky devolvió al engranaje revólver a su bolsillo. Salió al corredor, se acercó a la puerta. Del otro lado, el engranaje Lotterstein esperaba, como esperó antes, como esperaría una y otra vez. Asesino y víctima, reiterando el hecho irrepetible.

En algún lugar cercano, sonaron los primeros compases de un tango. Esta vez Kaplansky lo reconoció: era “Volver”. Supo que al cruzar el umbral lo olvidaría, que olvidaría todo; un olvido que lo condenaba a repetir la cadena de actos ineludibles.

Sintió entre las paredes del cráneo un llanto quedo, un sollozo infantil. Aferró el picaporte y, con la desesperada resignación de quien tiene la eternidad por delante, abrió la puerta.


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